"El casco de su vieja nave se estremecía con las caricias que le proporcionaban las olas de aquella agua salada que ahora era su hogar. No era el mejor barco que un navegante podía desear, apenas eran trozos de madera mal conjugados. Pero a Edgar le daba igual. Navegaba entre las nubes. Entre los sueños. Mientras el aire frío y puro de la mañana golpeaba con tremendo gozo sus pulmones, no podía evitar sonreir al sentir que no había hilos que manejaran su vida. Veinte años atrás había dejado la civilización, el vivir en función de un patrón determinado e impuesto. Vanos recuerdos que afloraban en sus pesadillas. Pero ahora tenía libertad. Tantas veces había dicho que era libre, pero solo ahora podía sentirlo. Beber de la lluvia. Comer del mar. Y los latidos de su corazón como brújula. Con la mirada oteando el horizonte y divisando tierra firme..."